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El amor que encerraba el desayuno cotidiano y que entendí 40 años después.

  • 14 ago
  • 4 min de lectura

Hola, primos Villa:


Hoy me pasó algo muy sencillo, de esas cosas que parecen pequeñas, pero que de pronto abren una puerta enorme a los recuerdos.

Llegué a almorzar y la Mami Pochi había preparado un plato sencillo, aunque poco común en la casa, porque casi nunca compran carne molida. Por alguna razón esta vez había una bandeja, y preparó hamburguesas con arroz y tomate picado.

Para mi mamá, ese plato significó mucho más que un almuerzo. Apenas lo vio, me dijo con una sonrisa y con esa nostalgia que se nota en los ojos:

“Esto hacía mi mamita cuando éramos niños.”

Se refería, claro, a la abuelita Amelia.

Mi mamá estaba feliz. Era como si por unos minutos hubiera regresado a una época lejana, a una mesa distinta, a una casa llena de voces que hoy solamente viven en la memoria.

A mí me pasó algo parecido.

Ni siquiera tuve que preguntar qué había de comer. Apenas entré, ese olor tan característico me dio la respuesta y, casi inmediatamente, me llevó muchos años atrás, hasta un recuerdo del abuelito Héctor.

Cuando yo estaba en el jardín o quizás en primer grado, en mi lonchera casi siempre encontraba, como colación, una hamburguesa envuelta cuidadosamente en papel aluminio para que se mantuviera caliente, acompañada de un pan con rodajas de tomate. Y en el termo podía haber jugo de naranjilla, de naranja con un poquito de Güitig o de tomate de árbol.

Hoy, mientras comía, recordé algo que en aquellos años me parecía completamente normal y que ahora entiendo que tenía un valor enorme: el abuelo se levantaba todas las mañanas muy temprano para preparar el desayuno y organizar la comida de prácticamente toda la casa.

Preparaba:

  1. El desayuno de la tía Mercedes, que salía muy temprano porque trabajaba en el sur… bien al sur, casi al norte de Machachi. Ja, ja, ja.

  2. El de la tía Paulina, que entonces era estudiante de colegio.

  3. Mi lonchera y mi desayuno.

  4. El desayuno de mi mamá, que salía un poco más tarde hacia la oficina.

  5. El de Narcisa, que ayudaba con los quehaceres de la casa.

  6. El de la abuelita. No sé si siempre se lo llevaba hasta la cama, pero recuerdo que durante unas vacaciones empecé a tener serias sospechas de que así era, porque la Mamimeli no estaba enferma… y, aun así, desayunó en la cama. Algo me dice que ahí había más consentimiento que necesidad.

  7. Y, finalmente, el suyo.

Aunque decir “finalmente” no es del todo correcto, porque el abuelo desayunaba mientras seguía preparando todo lo demás.

Tengo grabada una imagen muy clara: cuando yo salía para la escuela, iba a pedirle la bendición y casi siempre lo encontraba de pie, en medio de todo aquel movimiento de la mañana, con una taza grande, más de dos huevos tibios, una taza de café, algo de pan y un vaso de jugo.

El abuelo Héctor no era especialmente cariñoso en el sentido tradicional. No era de grandes abrazos, palabras dulces o demostraciones exageradas. Pero con los años uno aprende que hay personas que dicen “te quiero” de otras maneras.

Él lo decía levantándose temprano.

Lo decía preparando el desayuno.

Lo decía envolviendo una hamburguesa en papel aluminio para que su nieto la encontrara todavía caliente unas horas después.

Lo decía ocupándose de todos antes de ocuparse de él mismo.

Y muchos años después, por cuestiones de trabajo, cuando tenía 35 años, me tocó pasar algunos días de la semana en la casa de Luis, cuando todavía era soltero. Y allí volví a encontrar, de alguna manera, aquella misma forma de cariño.

El tío Pato hacía algo muy parecido por Luis, Xavier y por mí. También estaba pendiente de nosotros, también se preocupaba por el desayuno y qué cada uno tuviera lo necesario antes de comenzar el día.

Tal vez en ese momento tampoco dimensioné del todo lo que significaban esos gestos. Pero hoy, al recordar al abuelo Héctor, también me vino a la memoria el tío Pato, y me di cuenta de que esa forma silenciosa de cuidar a los demás se repetía en nuestra familia.

Y quizá por eso, cuando somos niños, muchas veces no entendemos la dimensión de esos gestos. Se vuelven parte de la rutina, de lo cotidiano, de aquello que creemos que siempre estará ahí.

Yo no recuerdo haber pensado entonces: “qué increíble que mi abuelo haga esto todas las mañanas por mí”. Para mí simplemente era lo normal.

Solo comprendí cuánto significaba cuando un día abrí mi lonchera y aquella hamburguesa ya no estaba.

Hoy, sentado nuevamente en esa casa, comiendo una hamburguesa con arroz y tomate, miré alrededor y me di cuenta de que ya faltan casi todos los que acabo de nombrar.

Y ahí entendí, una vez más, lo efímera que es la vida.

Las casas siguen en pie. Las mesas continúan allí. Los platos vuelven a cocinarse y algunos olores, sorprendentemente, permanecen exactamente iguales. Pero las personas que llenaban esos espacios van desapareciendo poco a poco, hasta que un día descubrimos que aquello que llamábamos “la vida cotidiana” era, en realidad, una época irrepetible.

Quizá por eso los recuerdos más valiosos no siempre están en los grandes acontecimientos. A veces están escondidos en una hamburguesa envuelta en papel aluminio, en un vaso de jugo, en una bendición antes de ir a la escuela o en alguien que se levantaba antes que todos para asegurarse de que a nadie le faltara el desayuno.

Hoy comprendí que muchas de las cosas que entonces parecían insignificantes eran, en realidad, formas silenciosas de amor.

Y pensé también que, mientras nosotros podamos recordarlas y contarlas, de alguna manera ellos siguen sentándose a nuestra mesa.

Por eso quise compartirles este recuerdo.

Porque algún día también nosotros seremos parte de las historias que alguien contará alrededor de una mesa. Y quizá lo más importante que podamos dejar no sean grandes cosas, sino esos pequeños gestos cotidianos que, sin darnos cuenta, terminan acompañando a alguien durante toda su vida.

Un abrazo enorme para todos.

Hoy, con mucha nostalgia, gratitud… y sí, con un par de lágrimas en los ojos.

 
 
 

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