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La Estafa perfecta del arte progresista.

14 sept
3 min de lectura


Lo que viste no es una obra de arte. Es una mujer con algún tipo de retardo mental sin carné de discapacidad, arrastrando un balde de lata igual que el Chavo de 8, arrastraba un carrito de juguete por la vecindad, mientras hace pasitos de baile en un galpón de Brooklyn, lleno de otros retardados que simulan aplaudir atónitos.

Eso es todo, no hay metáfora, no hay técnica, no hay moraleja, no hay discurso, no hay talento, solo hay un balde, y ahí está la genialidad del fraude: el artista sabe que no tiene que esforzarse, no necesita saber pintar, esculpir, componer, bailar de verdad o tener una sola idea original. Solo necesita un balde, una soga y el descaro suficiente para pararse en un escenario y decir "esto es mi obra", igual que ese otro estafador que clavó un palet a la pared.

Lo más patético no es la disque artista, lo realmente patético es que funciona, porque el verdadero problema no es el del balde, el verdadero problema son los otros dos grupos:

1. Los curadores y galeristas que le dan el espacio, que son una casta de parásitos que viven de inflar basura para sentirse inteligentes.

Si le dijeran la verdad - "amigo, esto no es arte, es lo que hace un niño de 5 años aburrido en el patio" - se les acaba el negocio. Necesitan vender humo, y una tipa girando un balde es humo barato. Le ponen un texto curatorial de 800 palabras con "corporalidad", "espacialidad", "deconstrucción del objeto cotidiano" y listo, ya pueden cobrar 20 dólares la entrada.

2. El público que va a verlo y aplaude. La audiencia progre de Brooklyn que paga por esto es aún peor. No van a ver arte, van a cumplir un ritual absurdo, van a demostrar que son lo suficientemente sofisticados, abiertos y elevados como para entender un balde girando.

Tienen miedo mortal de que alguien les diga que no entendieron, así que asienten, toman fotos para Instagram y dicen "wow, tan visceral".

Son cómplices por cobardía intelectual. Prefieren fingir que ven profundidad en un balde antes que admitir que los estafaron, eso no es arte contemporáneo, es un niño haciendo bulla en su momento de ocio o pereza disfrazada de complicidad. Si eso es arte, entonces cualquier vago que arrastra las bolsas de basura a la vereda también es artista, que le quiten el balde y le den una escoba y una pala, para ver si por lo menos hace algo útil.

¿Dónde quedan obras como La Virgen Velada, de Giovanni Strazza? Que con solo verla se te pone la piel de gallina: el velo parece transparente, deja entrever el rostro y, sin embargo, todo está hecho en una fría pieza de mármol.


¿Dónde queda La verdad Velada, de Antonio Corradini?, que despierta el deseo al mostrar el cuerpo de una mujer semidesnuda bajo un velo que parece translúcido, también tallado en mármol


Y la más impresionante para mí: El desengaño, de Francesco Queirolo. Con una precisión asombrosa logró tallar una red de pesca en mármol. Una red que parece flexible, que parece poder enredarse entre tus dedos, pero que saldría hecho polvo si el escultor hubiera fallado un solo golpe.


No digo que todo arte deba parecerse a esas esculturas. Digo que esas obras te desafían antes de que alguien te explique por qué deberías admirarlas. Hay oficio, riesgo y una idea que sobrevive al texto curatorial. En cambio, ante el balde, la pregunta incómoda no es «¿qué quiso decir el artista?», sino «¿cuánto significado estamos poniendo nosotros para que esto parezca más de lo que es?».

Llamar «revolucionario» a cualquier gesto trivial no amplía el arte: abarata la palabra. Y si cuestionarlo te convierte en alguien que «no entendió», perfecto. Prefiero no entender un balde que fingir que acabo de ver la Capilla Sixtina con asa.

 

 

 
 
 

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